La palabra «Institución» tiene un origen jurídico. En su origen hacía referencia a realidades jurídicas tales como a un testamento, los contratos, etc. No hacía referencia, como en nuestros días sí lo hace, a un edificio u organización corporativa, sino que hacía referencia al derecho que se manifestaba en la acción humana.
Aunque al principio la palabra institución apuntaba a realidades jurídicas, o mejor dicho, al derecho que los jurisconsultos describían en sus escritos1, muy pronto el concepto se desarrolló y amplió llegando a denotar las bases fundamentales de la vida humana. Fue así como el lenguaje, la familia, el individuo, la ley, el derecho, los contratos, la cordialidad, el respeto, la autoridad, gobierno, etc., pasaron a llamarse “instituciones”.
Todas estas instituciones,que normalizan2 o gobiernan la conducta de los individuos humanos, surgen de manera espontánea entre los seres humanos como fruto de una cosmovisión heredada por los padres. Cabe aquí mencionar que los seres humanos siempre viven en sociedad, no por pertenecer a un estado o nación, sino por nacer en una sociedad específica: la familia.3
De esta manera, las instituciones son la base fundamental de todo orden social; son el esqueleto que da forma a la comunidad y que sienta las bases por las que todos los individuos operan y se relacionan entre sí.
La nación es el cuerpo o estructura que contiene en sí, de manera espontánea,todas las instituciones que conforman unorden social, las cuales están interconectadas de forma orgánica y que dan una estructura, o cosmovisión, al individuo que vive en dicha nación. De esta manera, entendemos aquí por nación una “supra-institución” que es el cuerpo o estructura (cosmos si se quiere) que une todas las instituciones que conforman al orden social de dicha nación. Otros llaman a esto cultura, pero al ser este un término tan ambiguo preferimos aquí no usarlo por su ambigüedad.
Si las instituciones que conforman una nación(supra-institución) llegan a ser rechazadas por los individuos que pertenecena la nación, ésta,como una supra-institución, conformada por toda una red de instituciones internas, al ser negadas, su identidad como nación deja de ser, dando paso a una nueva nación (una nueva supra-institución) que estará conformada por las nuevas instituciones que serán establecidas. A esto le llamamos aquí “revolución”.4
Es en estos términos que hemos decidido llamar «Instituto» al Instituto Rushdoony, con el objeto de rescatar, redimir, restaurar, estudiar, enseñar y promover las instituciones cristianas, aquellas instituciones que nuestra actual sociedad está cada día intentando borrar de la historia o intentado abstraerlas de su origen cristiano “neutralizándolas”y tomándolas para sí, negando su origen cristiano.Este es el propósito y misión del “Instituto Rushdoony”.
Con el nombre “Rushdoony” queremos hacer un homenaje al gran pensador Rousas John Rushdoony, quien luchó por recuperar las instituciones cristianas inherentes alorden social cristiano que conformó a la Cristiandad y que dan vida a lanación cristiana. Queremos seguir su espíritu, no arrogándonos ser los legítimos herederos suyos, sino simplemente declarando que la misión y batalla que él seguía y por la que peleó, es digna de seguir y de pelear por nosotros, haciendo uso de los dones y de nuestra individualidad que Dios nos ha dado en su gracia.
En el Instituto Rushdoony planeamos generar debate, discusión, exposición de ideas, escuchar propuestas argumentativas, juzgarlas, entregar material de ayuda, medios de crecimiento y de preparación, etc., etc. Queremos ser un lugar de encuentro donde se desarrolle un pensamiento cristiano original, sin mezcla con el pensamiento pagano, a la vez que reclamamos todo dominio de Cristo sobre todas las áreas del conocimiento. Es por esto que queremos también ejercer dominio sobre las áreas del conocimiento que la iglesia hoy ha abandonado e interpretarlas bajo la luz del único estándar infalible de conocimiento y de verdad: las Sagradas Escrituras.
Esta es una tarea generacional y no creemos que el propósito del instituto llegue a su pleno cumplimiento en su primera generación. Creemos que pasarán varias generaciones hasta que la misión del Instituto Rushdoony se vea cumplida.
Nosotros sólo plantamos, otros regarán,otros podarán, pero el crecimiento sólo lo dará Dios y será en Sus tiempos. Nuestro deseoesobedecer el mandato de la gran comisión con nuestro pequeño granito de arena.
A Dios sea la Gloria y el Imperio, y nosotros la victoria
Discusión sobre este documento
1 Es importante aclarar que los jurisconsultos (quienes estudiaban el derecho) nunca “crearon” derecho, sino que simplemente iban describiéndolo en la medida que lo iban descubriendo en las interacciones entre los seres humanos.
2 Nos referimos con “normalizan” a la capacidad de convertirse en normas de la conducta humano y no de lo normal o común que se hace. Aunque puedan ser cosas parecidas, lo normal no necesariamente es norma.
3 Sin embargo, el individuo en abstracción de la sociedad sigue siendo un ser humano por muy alejado que esté de cualquier tipo de sociedad, pero si no posee el conocimiento de las instituciones fundamentales de una nación, le será imposible interactuar de manera eficaz con ella, imposibilitando en principio, la interacción. El individuo no deja de ser humano por no tener el conocimiento de dichas instituciones, pues lo sigue siendo en virtud de su esencia y no por su conocimiento o falta de él.
4 Dos ejemplos de revolución según los términos aquí presentados, son el cristianismo y la revolución francesa. El cristianismo presentó una cosmovisión que tenía sus propias instituciones originales, que, al ser abrazado por los individuos convertidos, éstos rechazaron las instituciones de la nación (la supra-institución) romana. Un cristiano romano empezaba a rechazar las instituciones romanas tales como el derecho romano, la institución de pater familias, el César como Señor del Imperio, el esclavo como res (cosa y no persona), la mujer como la entendía el mundo romano, y un amplio etcétera de instituciones romanas que fueron rechazadas, o estaban en proceso de ser rechazadas, al abrazar el cristianismo. De esta manera, el cristianismo representó una revolución que hizo cambiar las bases de una nación (Roma) haciendo que Roma dejara de ser lo que una vez fue convirtiéndose en algo completamente nuevo, sufriendo una “regeneración”. La nueva nación romana ya no abrazaría más las antiguas instituciones romanas. El otro ejemplo que se debe mencionar es el de la revolución francesa, la cual representa en realidad una contra revolución, pues es un deseo de volver a las instituciones anteriores al cristianismo, rechazando de pleno cualquier institución cristiana y, por tanto, a la nación cristiana misma. Los revolucionarios franceses se esforzaron en redefinir las instituciones de manera positivista, esto es, inventándoselas artificialmente e imponiéndolas, haciendo que sus instituciones, y por tanto su “nueva” nación (supra-institución), sean cosa artificial y no fruto de un orden espontáneo. Así se puede entender la ineludible necesidad revolucionaría de hacer uso de la fuerza brutal, puesto que como no era cosa espontánea, se necesitaba de la brutalidad para establecer las nuevas instituciones.
Esto es tan común y aceptado, que el hecho de que alguien cuestione esta “regla fundamental de la fe” es signo o señal de que el tal está descarriado y quiere hacer tropezar a los hermanos en la fe. O como diría uno de los principales promotores de esta enseñanza, parafraseado, “quién no pertenece a una de estas iglesias-templo como miembro formal, seguramente va camino al infierno.” 1
Es muy común que tanto pastores cristianos como cristianos que no son pastores citen Hebreos 10:25 para confirmar su enseñanza de que todo individuo creyente tiene la obligación de reunirse por lo menos una vez por semana, en específico el día Domingo, a una hora determinada, en un lugar establecido y bajo la supervisión de los oficiales que representan al edificio en donde se reúnen, edificio que en este estudio identificaremos como iglesia-templo, donde se celebra el “culto”.
Cabe preguntarnos si esta interpretación del texto es impuesta al texto o es naturalmente extraída del texto. Para responder a esta pregunta, me parece importante presentar ciertos presupuestos que, a mi entender, todo cristiano, que quiera ser fiel a las Escrituras, debe sostener.
En este escrito nos proponemos cuestionar la presuposición básica que está en el fondo de esta creencia: la enseñanza de que el cristiano debe pertenecer a una corporación que se materializa en un edificio identificándose comúnmente con “el templo” y que posee una burocracia corporacional estableciéndose ya sea con un presbiterio, o el pastor y sus diáconos, o con un grupo de pastores, un obispo y sus pastores, etc., dependiendo de la denominación o preferencias de estas corporaciones.
Presupuestos con los que todo cristiano debe acercarse a la Escritura al leerla.
Antes, presentaré mi negación sin demostrarla aún:
Cualquier cristiano que sea buen teólogo, y que lea con comprensión y con el contexto global e inmediato de la carta, entenderá que Hebreos 10:25 no habla de una reunión dominical en un «templo» ñ. para celebrar un culto.
Antes de pasar al texto en sí, debemos dejar en claro que todo exégeta o interprete de la Escritura debe ser primero un buen teólogo. Pero ¿Cómo se puede ser un buen teólogo sin primero ser un exégeta? ¿Acaso debe todo cristiano ir a un seminario y estar 4 años aprendiendo teología?
Pues no, de hecho, pienso que los seminarios hacen un gran daño a la iglesia al separar la teología de la iglesia misma y reservarla a un grupo selecto de “elegidos” entre “el vulgo”. Nada de esto puede ser defendido con las Escrituras. Pero para responder a esto, debemos entender que para ser un buen teólogo (como todo cristiano maduro debe serlo, y todo cristiano debe llegar a la madurez) primero se debe pasar por el discipulado. Así, todo cristiano pasa por un proceso, empezando por ser un discípulo bajo un maestro humano (un cristiano maduro) con el objetivo de que él llegue a ser un cristiano maduro y por tanto un maestro que enseñe a un nuevo discípulo (Heb. 5:12).
De modo que todo cristiano maduro es así un buen teólogo. Con buen teólogo me refiero a que se sostiene y entiende las doctrinas fundamentales de la Escritura. No se es buen teólogo por tener conocimientos técnicos, o que se tenga la capacidad de escribir una teología sistemática, etc, sino porque se guarda el corazón de la fe, las doctrinas del cristianismo y se tiene la capacidad de transmitirlas porque se las entiende y atesora. Nadie puede explicar lo que no entiende. Sobre esta premisa es que presento algunas de las cosas que todo buen teólogo debe sostener como básicas.
Primero, todo buen teólogo comprende que en el nuevo pacto2 no existen templos físicos hechos por hombres (Heb. 3:6; cf. 1 Co. 3:16-17, 1 Co. 6:19; Efe. 2:20; 1 Pe. 2:5). Por tanto, no existe ninguna obligación para el cristiano de visitar un templo físico ni de someterse a una burocracia sacerdotal de dicho templo.3
Segundo, todo buen teólogo sabe que el individuo creyente es un templo de Dios en sí mismo (1 Co. 6:19), lo cual hace que la presencia del Espíritu de Dios pueda ser manifestada en los actos y palabras del individuo en la medida en que éste se someta al Espíritu de Dios. También se nos dice que todos los individuos creyentes conforman el gran templo de Dios el Espíritu (la Iglesia universal de Cristo). Sin embargo, no podemos hallar en las Escrituras una supuesta supremacía entre el colectivo “local” (lo que hoy entendemos como iglesia local) por sobre el individuo, como para llegar a declarar que el Espíritu está más explícitamente, o se manifiesta más potentemente, en la reunión de los muchos que en el individuo. Tal cosa no puede ser extraída de las Escrituras, y no es más que mera especulación. El Espíritu de Dios está de la misma manera en el individuo creyente como en la reunión de los individuos creyentes. De hecho, la presencia del Espíritu de Dios en la congregación (que aquí no se está negando ni desechando) viene del hecho fundamental de que es el individuo el que es templo de Dios el Espíritu.4
Tercero, todo buen teólogo confiesa, cree y entiende que el creyente como individuo vive bajo el pacto divino que lo redimió y lo hace ser miembro de la familia y reino de Dios (Lc. 22:20; Efe. 2:11-22). Por tanto, bajo este pacto, el individuo creyente tiene bendiciones y obligaciones.5 Una de las primeras obligaciones que tiene el individuo es la de buscar primeramente el reino de Dios y su justicia; deseando, rogando y promoviendo que el reino de Dios venga a esta tierra y sea establecido (Mt. 6:5-15; 33).
Cuarto, el buen teólogo sabe que el individuo creyente pertenece a un reino, a una nación, con un Rey, tiene una ley y goza de un orden social y un pueblo escogido (1 Pe. 2:9; 2 Ti. 1:9). La apostasía, de la que tanto se trata en la epístola a los Hebreos (Heb. 6:1-12), es precisamente el acto de abandonar, negar, de renunciar de forma libre, espontánea, en ausencia de coacción externa o interna, al pacto divino de forma consciente, en el cual el individuo creyente ha entrado al bautizarse en fe. Esto es lo que quiere decir el término apostasía; es el acto de negar la fe y el vínculo que representa esa fe: el nuevo pacto. La congregación de esta manera, representa a la iglesia de Cristo; la nación cristiana, el pueblo de Dios en su conjunto, pero sin que con ello implique que el individuo creyente, aparte del colectivo, no tenga parte del Espíritu de Dios ni una misión particular en el reino de Dios. Se afirma tanto la unidad como la individualidad al mismo tiempo; una unidad en el Espíritu de Dios, no en un supuesto templo u organización corporativa.
Quinto, todo bueno teólogo sabe también que la iglesia no puede entenderse en abstracción de los individuos creyentes. La iglesia no es sinónimo de un templo físico hecho por hombres, como tienen por costumbre los pastores confundir, o hacer confundir a la gente, mejor dicho6. Así, la iglesia no puede ser identificada con una corporación creada por hombres (una corporación con membresía formal), como lo puede ser una universidad, un hospital o un club de futbol. Mucho menos debe ser confundida con un templo físico, abstracción a la que aquí denominamos templo-iglesia7. Error que es mucho más común de lo que nos imaginamos.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, sin pensar que fuimos exhaustivos en aquello, analicemos brevemente el único texto en las Escritura que, de manera aparente, nos ordena a congregarnos todos los Domingos en una iglesia-templo bajo la dirección de unos oficiales del templo para celebrar un culto.
La Epístola a los Hebreos y el Mandato a Congregarnos.
La traducción más usada por los protestantes hispanohablantes, la RV-1960, traduce así el texto:
“no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”
(Heb. 10:25, énfasis mío)
Si leemos este texto bajo nuestro contexto social, bajo nuestras tradiciones y costumbres, entenderemos inmediatamente, sin hacer un esfuerzo mayor, que el texto se refiere a una típica reunión dominical que vemos que todos los Domingos se llevan a cabo en las iglesias-templos en nuestra época. Así, la primera e inmediata interpretación que le damos al texto es según nuestro contexto histórico y no según el contexto del texto bíblico y de su propio contexto histórico. Esto lo menciono porque es tan común esta aproximación al texto que ya se ha hecho costumbre entender que Hebreos 10:25 se refiere a esa reunión especial del día Domingo en un templo-iglesia.
¿Será esta interpretación correcta? Puede que simplemente sea algo anecdótico que este acercamiento al texto sea claramente erróneo pero que su conclusión sea correcta. Nadie en su sano juicio se atrevería a decir que debemos leer la Escritura según nuestras circunstancias y contexto histórico, claro. Pero la conclusión a la que se llega, la sentencia emitida tan comúnmente en nuestros días, es que el texto ordena al individuo creyente a congregarse en un edificio que llamamos iglesia-templo bajo la supervisión de oficiales que hacen la función de sacerdotes (pero que no llamaremos sacerdotes porque ya sabe, somos protestantes) para celebrar un culto, ¿ésta sentencia será correcta?
Pues afirmo que absolutamente no. Tal interpretación, por muy popular y prácticamente “omnipresente” en la iglesia a día de hoy, es un error que debemos, por amor a la verdad, dejar atrás.
Primero que todo, en toda la epístola a los Hebreos el autor se enfrenta a un problema que estaba ocurriendo entre los creyentes de origen hebreo ¿Cuál era este problema? Era la apostasía, esto es, abandonar la fe y el vínculo que ésta representa: el nuevo pacto. No es que los creyentes hebreos se hicieran “ateos”. Su apostasía se basaba en arrepentirse de abrazar el nuevo pacto y volver a la antigua administración del pacto, negando el único sacrificio expiatorio y eficaz del Cordero de Dios, al cual apuntaban todos los sacrificios, ceremonias y ritos en el antiguo pacto. Su apostasía se basaba en dejar de creer que Cristo era el Masías y en volver al antiguo pacto como si nada hubiera pasado, como si Jesucristo hubiese sido uno más de los muchos autoproclamados “mesías” que habían aparecido en la historia reciente de Israel.
Es por esto que el autor, a lo largo de todas las páginas de la epístola, se esfuerza por demostrar la grandeza de Cristo ya sea declarando que Dios ha hablado por medio de Su Hijo, siendo Él autor de la creación, la imagen misma de Dios, el autor de la purificación de nuestros pecados, autor de nuestra salvación, siendo superior a los ángeles, superior al mismísimo Moisés, siendo Él nuestro reposo (Sabbat) y nuestro gran sumo sacerdote, dejando ya sin efecto el sacerdocio de Aaron (Heb. 1-5 se establecen estas bases aunque se siguen desarrollando en los capítulos siguientes).
Después de dedicarse a demostrar la grandeza de nuestra fe en Cristo y del cumplimiento de las promesas del antiguo pacto en Cristo, y la renovación del mismo en Su obra, el autor de la epístola a los Hebreos8 empieza a advertir a sus lectores, a quienes se dirigía originalmente, sobre la apostasía (Heb. 5:11-6:19). Luego, junto con advertirles sobre la apostasía, continúa demostrando la grandeza del nuevo pacto y la terrible consecuencia de pisotear la sangre de Cristo como cosa inmunda.
Debemos tener muy presente que la apostasía que estaba afectando a la iglesia hebrea se debía en parte a la terrible persecución que padecieron por largo tiempo y que se volvía a levantar en Jerusalén en los tiempos en que el autor escribía esta carta. 9 Pero principalmente se debía a un abandono de la fe en ausencia de cualquier tipo coacción (interna o externa), como una pérdida de la esperanza ante tan difícil vida que vivían los cristianos hebreos. La persecución se debía, como es claro, a la fe en Cristo, por lo que una posible manera de liberarse de la persecución era abandonando la fe. Lo creyentes hebreos llevaban mucho tiempo sufriendo persecución y al parecer, cansados de tanto dolor, empezaban a claudicar y a buscar una paz temporal que les ofrecía el volver al antiguo pacto. Pero esto, según el mismo autor de la carta, no era ninguna solución sino principio de la terrible ira de Dios.
Ya teniendo el contexto global de esta carta, podemos entonces analizar el contexto inmediato, o interno, del texto.
En el capítulo 8:1-2 el autor declara:
“Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre.”
Tras decir esto, el autor se dedica a contrastar la antigua administración del pacto con la nueva administración, demostrando que el antiguo pacto era sombra y representación del nuevo pacto. El autor quiere llevar a sus lectores a preguntarse retóricamente ¿Cómo vamos a preferir la sombra de Cristo (el antiguo pacto) en vez de abrazar y de tener a Cristo mismo (el nuevo pacto)? El antiguo pacto era la promesa y su sombra; el nuevo pacto es el cumplimiento de la promesa y su sustancia. El nuevo pacto es la promesa cumplida, es el cumplimiento de la promesa y la sustancia misma de la promesa (Heb. 9:15).
Así, el autor empieza el capítulo 9 con la siguiente declaración:
“Ahora bien, aún el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal.”
Comienza entonces a explicar la administración del antiguo pacto (9:2-10) basado en el hecho de ser un pacto que tenía sus propias ordenanzas de culto y un santuario terrenal (el templo físico) para luego contrastarlo con el nuevo pacto que no tiene un templo terrenal sino uno celestial:
“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.”
(Heb. 9:11-12)
El propósito del autor es el mismo siempre: demostrarles a sus lectores que Cristo representa el cumplimiento de las promesas que apuntaba el antiguo pacto, y que no debemos volver (apostatar) al antiguo pacto desechando el nuevo, el cual es el cumplimiento del antiguo. El autor declara que el antiguo pacto tenía su mediador: Moisés. Luego se empeña en demostrar que Cristo es el mediador de un nuevo pacto, esto es, una nueva administración del mismo pacto10 (Heb. 9:15).
Podríamos aquí hacer una breve digresión, enfocándonos en la psicología de los hebreos ante estas circunstancias. Los creyentes hebreos quizá observaron, sin la confianza de la fe, que los judíos no cristianos gozaban de una liturgia muy llamativa y solemne, de un templo físico muy imponente, y de un sacerdocio histórico. Quizá esto levantó alguna nostalgia entre ellos, En otras palabras: ellos veían las imponentes liturgias y ceremonias basadas en el antiguo pacto (las cuales eran sombras) y se sentían desnudos, avergonzados incluso (por supuesto que equivocadamente), de no poseer nada más que una fe. Lo más cercano a una ceremonia como las del antiguo pacto eran las reuniones de comunión que tenían los hermanos donde se enseñaba la Palabra y se cantaban salmos. Más no había ceremonias de sacrificio ni sacerdotes, ni instrumentos santos, ni nada parecido. Esto podría haber generado un impulso entre algunos de los creyentes hebreos que los llevó a volver, o desear volver, al judaísmo del antiguo pacto. Esto podría ser una clave para entender por qué el autor enfatiza tanto en la superioridad del nuevo pacto en relación con el antiguo.
Entonces, nuevamente el escritor contrasta las dos administraciones del pacto en Heb. 9:23-28. Aquí el autor contrasta los sacrificios de animales establecidos en la antigua administración del pacto con el único sacrificio de sangre llevado a cabo en la nueva administración del pacto. Por esto declara el autor:
“Porque la ley [aquí se refiere a la anterior administración del pacto en particular, y no a la ley en general], teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.”
(Heb. 10:1)
Así, el autor viene demostrando que el nuevo pacto es no solo el cumplimiento de las promesas del anterior, sino que, por obvias razones, es superior; pues los sacrificios de animales eran un símbolo, una sombra del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz y, por tanto, en sí mismo no tenían poder. De modo que quien ha creído y abrazado la fe de Cristo, y posteriormente decide abandonar (apostatar) esta fe para volver a la antigua administración del pacto, está teniendo por inmunda la sangre de Cristo y blasfemando contra el Espíritu Santo.11 Luego de desarrollar todo esto, el autor da una nueva advertencia muy dura contra la apostasía:
“Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!”
(Heb. 10:26-31)
Debemos entender la declaración “porque si pecáremos” no como refiriéndose al pecado en general, sino que se debe entender preferentemente en referencia al pecado de apostasía en particular, que es sobre lo que se viene tratando durante todo el argumento de la carta.
La persecución había sido terrible, extremadamente dura, para los hebreos cristianos. Sin embargo, la fe era el poder que los mantenía y unía. Por esto el autor declara:
“No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.
Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará.
Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma.
Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.”
(Heb. 10:35-39)12
Esta es la misma fe de siempre, la misma fe de los padres y de los patriarcas, pero ahora completada, cumplida y confirmada en Cristo. Esta fe es la que representa nuestro vínculo con Cristo en el Pacto eterno (Heb. 13:20; cf. Jer. 32:40). El sello del pacto es el Espíritu de Dios, el Espíritu Eterno (Heb. 9:14), quien mantiene y preserva con su fuerza el vínculo como pueblo escogido, nación santa, reyes y sacerdotes de Dios.13
En medio de todo este contexto inmediato se encuentra el texto que estamos analizando en Hebreos 10:25. Todo el esfuerzo del autor de la epístola es el de afianzar la fe de sus lectores, animarlos a permanecer en la fe del nuevo pacto; aquella fe a la que apuntaba la antigua administración del pacto y que ahora se ha manifestado y confirmado en Cristo, el mediador del nuevo pacto.
Entonces ¿A qué se refiere el autor de la epístola en Hebreos 10:25? Quizá una revisión anterior a la RV1960 pueda darnos una pista que haga encajar, por así decirlo, este texto en su contexto. Veamos cómo traduce la versión RV1909:
“No dejando nuestra congregación, como algunos tienen por costumbre, más exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”
(Heb. 10:25, RV1909).14
En esta traducción, más acorde al contexto según mi apreciación, se les exhorta a los lectores a no dejar su congregación, pero no en el sentido de lo que hoy entendemos como congregación (una corporación institucional con un edificio que llamamos templo), sino en el sentido de nuestro pueblo del pacto, de nuestra nación cristiana, de nuestra familia que son todos los que tienen la fe de Cristo. Es por ello que el autor dice en los dos versículos anteriores:
“Mantengamos firme la profesión de nuestra fe sin fluctuar; que fiel es el que prometió: Y considerémonos los unos á los otros para provocarnos al amor y á las buenas obras;”
(Heb. 10:23-24, RV1909)
En medio de la persecución, como miembros de la familia de Dios, los creyentes tenían una obligación ética de cuidar y atender de los hermanos que sufrían persecución, ya sea visitándoles en la cárcel, en la enfermedad, etc. Todas estas cosas habían sido cumplidas por los creyentes hebreos anteriormente en medio de las persecuciones, pero el problema que se presentaba ahora era la apostasía de estos creyentes, que cansados de la persecución pensaban que no estaría mal volver a las sombras, esto es, a la antigua administración del pacto, y dejar de padecer persecución y sufrimiento. Es por esto que el autor les dice:
“Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos; por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante. Porque de los presos también os compadecisteis, y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos. No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.”
(Heb. 10:32-36)
Cuando les exhorta diciendo “No perdáis, pues, vuestra confianza” se refiere a esta fe del nuevo pacto que les infundía el poder y la perseverancia con que actuaron en “los días pasados”.
Entonces, el gran problema que señala el autor en Hebreos 10:25 no es el que hoy enfrentan los pastores controladores, esto es, el problema que acusan de que las ovejas, sobre las cuales buscan enseñorearse, no se presentan a la reunión establecida por la corporación, en el día indicado, a la hora indicada con un grupo de personas indicadas, bajo el mando indicado, de la manera tan frecuente como ellos desearían. No, no era éste el problema que enfrenta el autor de la epístola a los Hebreos.
El problema al que se enfrentó, y el que quiere corregir con su carta, es el que ya usted pudo haberse dado cuenta de manera natural: la apostasía. Abandonar la fe no como quien se declara ateo, sino como quien dice ¿De qué me sirve creer en Cristo como el administrador de un supuesto nuevo pacto si solo obtengo con ello persecución, dolor, muerte y la pérdida de mis seres queridos y de mis bienes?15
Es el problema de la apostasía, y no el de la flojera de presentarse a un culto en una iglesia-templo como algunos señalan. Abandonar el pacto es abandonar al pueblo, negar a la familia de Dios y desertar de su reino y negar a su Rey. Es esto lo que significa volver al antiguo pacto en los términos que lo coloca en esta epístola, el Espíritu Santo. Es por esto que el autor declara, inmediatamente después de la exhortación en el versículo 25, la terrible advertencia contra quienes abandonan el pueblo de Dios como su pueblo en Hebreos 10:26.31.
Que un pastor use este texto para obligar las conciencias de sus ovejas a congregarse en su iglesia-templo, significa que está anunciando maldición contra quienes tienen por costumbre no ir los Domingos a su iglesia-templo, en el día y la hora determinada. Aquél que tiene por costumbre faltar a estas reuniones, parafraseando, “ha hollado al Hijo de Dios, tenido por inmunda la sangre de Cristo con la cual fue santificada y ultrajado al Espíritu de Dios” (v. 29).
Tal cosa me eriza los pelos el solo hecho de pensarlo: que un pastor tenga la presunción de afirmar tal cosa como verdadera lo convierte no en un pastor, sino en un salteador, en un ladrón de ovejas.
Lejos esté de mí, de usted, de nosotros como cristianos, torcer las Escrituras de esta manera, aunque el fin que se busque tenga una apariencia de piedad (el fin no justifica los medios). Aquí no queremos negar la congregación, no estamos negando la necesaria comunión cristiana, nuestra necesidad mutua entre hermanos en Cristo y la espontánea reunión periódica entre hermanos para animarnos al amor y a las buenas obras. Ni tampoco estamos condenando que cristianos se organicen, de manera libre y espontánea, para crear corporaciones y señalar días y horas de reuniones. Aquí estamos negando una pésima interpretación de las Escrituras para justificar un monopolio y un corporativismo cancerígeno para la iglesia de Cristo que tanto daño ha hecho. Uno de los principales daños que ha hecho esta visión reduccionista, es la de reducir a la iglesia a un edificio corporativo, encerrándola en cuatro paredes.
Todo creyente anhela estar entre sus hermanos, anhela cantar salmos y estudiar la Palabra de Dios en compañía de hermanos y de hermanos maduros en la fe que posean el llamado y la vocación de enseñar y de exhortar en la Palabra. Pero para que esto se mantenga no es necesario torcer la Escritura e inventarse un mandamiento cual fariseo, para que se cumpla lo ordenado por Dios.
Fueron los fariseos los que inventaban tradiciones, mandamientos y ritos con el fin de que el pueblo sea “más piadoso”. Ya sabemos cómo terminaron todas sus obras: en la corrupción y en su destrucción. Cristo vino para sacar toda la mugre de sus tradiciones y dejar la sola Palabra de Dios como nuestra única guía y ley. Así debemos nosotros estar limpiándonos de toda tradición y mandamiento humanos que obstaculizan, tapan, encubren la Palabra-Ley de Dios.
1 Parafraseando las palabras de Mark Dever citadas por Sugel Miguelén en Coalición por el Evangelio, “La Importancia de ser miembro de una iglesia local”, https://www.coalicionporelevangelio.org/entradas/sugel-michelen/la-importancia-de-ser-miembro-de-una-iglesia-local/
2 El Nuevo pacto debe ser entendido como la nueva administración del pacto de Dios, en vez de una negación del antiguo pacto, para la redención del mundo. Así se establece la unidad y continuidad orgánica del único pacto a la vez que se diferencian las discontinuidades.
3 Como sí fue en el caso de la administración del Antiguo Pacto en el que los creyentes que no eran sacerdotes, debían ir por lo menos una vez al año al templo a ofrecer una adoración y un sacrificio de sangre administrado por los sacerdotes deltemplo. En la nueva administración del Pacto, los creyentes ahora son templos ellos mismos, y su adoración es en cualquier lugar, en espíritu y verdad (Jn. 3:19-24)
4 Ver 2 Co. 6:14-18 lugar en que se discute sobre la unión o “yugo” entre individuos creyentes con individuos incrédulos, en donde Pablo usa la misma frase que usa en 1 Co. 3:17 “Porque vosotros sois el templo del Dios viviente” (v. 16). Nunca se nos dice en el NT que el Espíritu de Dios sólo morará en la reunión de los creyentes. La base de que el Espíritu de Dios esté presente en medio de la congregación es la realidad de que cada individuo es templo de Dios, donde mora el Espíritu de Dios.
5 Uso la palabra bendiciones en vez de la comúnmente usada “derechos” para dejar en claro que todo es por gracia divina. El individuo está en el pacto con Dios, bajo Su bendición, por pura gracia de Dios. Esto no quiere decir que no tenga derecho de disfrutar dichas bendiciones de pertenecer al reino y familia de Dios. Sólo es una forma de acentuar el hecho de la gracia en este derecho del individuo cristiano.
6 No creo que exista algún pastor que se atreva a decir de manera explícita que la iglesia es el edificio y no los creyentes en Cristo. Pero esto es lo que hacen entender en todo tiempo de manera implícita en sus predicaciones, exhortaciones y en especial, en esta interpretación que estamos discutiendo en este escrito.
7 Nombre con el que busco señalar aquella torpe idea que confunde un edificio con la iglesia y que ve en dicho edificio un templo. Recordemos que el individuo representa tanto la iglesia como el templo de Dios, y quizá es por esto que comúnmente se llame al edificio de reunión iglesia y templo de forma sinónima.
8 Personalmente no tengo idea quién es el autor de esta epístola. Muchos dicen que es el apóstol Pablo, otros dicen que Apolos. Pero no hay seguridad de quién fue su autor.
9 Seguramente escrita en la década del año 60 d. C. y con toda seguridad antes del año 70, pues el autor no hace mención alguna de la destrucción del templo, sino que la lectura nos hace pensar sin lugar a duda (Heb. 8:4) de que se escribió mientras el templo de Jerusalén estaba en pie.
10 Esto es importante dejarlo en claro, puesto que Cristo como mediador del nuevo pacto no representa un cambio en el pacto mismo, en sus promesas, en su ley, en nuestra relación con Dios, sino que es una nueva administración del mismo pacto eterno, mucho mejor, más eficaz y con mejores promesas.
11 Y no solo esto, sino que también estaría negando el antiguo pacto, puesto que éste apunta al nuevo. De modo que, si negamos el nuevo, por implicación estamos negando al antiguo.
12 Ver Isa. 26:20, 60:22; Hab. 2:3-4.
13 Hago énfasis en “eterno” para demostrar con esto que el pacto es uno y eterno, lo que ha cambiado es la administración y el cumplimiento de las promesas. No es un borrar el pacto antiguo y establecer uno totalmente nuevo que no guarde relación con el anterior. Tal cosa no puede ser extraída de las Escrituras. Es el mismo pacto en distintas administraciones. Nosotros, junto a los creyentes hebreos de entonces, estamos en la nueva administración del pacto.
14 En el texto original griego se usa la palabra ἐπισυναγωγή (episunagoge) que puede ser traducido como reunión, asamblea o congregación.
15 Otra interpretación plausible de este mismo texto, manteniendo la traducción de la RV-1909, es una exhortación de no descuidar de nuestro pueblo, o congregación (la iglesia universal), en medio de la persecución o por motivos, de superioridad racial, y vivir como si nada, como si la iglesia de Cristo (los hermanos) no fuese nuestro pueblo y por tanto no existiera ningún vínculo. Esta interpretación se puede encontrar en Calvino, Juan. Comentario a la Epístola a los Hebreos, Libros Desafíos, Michigan, 2006, pg. 211-213. Tal interpretación también me es muy preferible, siempre y cuando mantengamos los supuestos anteriormente señalados como, por ejemplo, no confundir iglesia con un edificio. Sin embargo, y debido al contexto inmediato, me parece más natural, debido al contexto global e inmediato de la carta, abrazar la interpretación primera: la de una exhortación a no apostatar.
En muchas instituciones que se hacen llamar “educativas” se nos repite que el famoso Código de Hammurabi fué el código de leyes antiguo del cual se derivó la Ley de Moisés entregada por nuestro Señor en el Sinaí. Claro, esto se presupone al tener como base una linea del tiempo orientada por paganos como la lista de reyes egipcios del sacerdote Manetón. Pero este no es el tema. Para más de esto, puede leer este artículo.
Lo que quisiera compartir aquí es uno de los argumentos provistos por los enemigos de La Ley de Dios, y es el de repetir que la Ley de Moises y el código de Hammurabi tienen un mismo procedimiento —de donde entonces se asume copia— y es la ley del talión.
¿Qué es la ley del talión?
En la Biblia encuentras el principio de la ley del talión en Exodo 21:23–25. También en Levítico 24:20 y Deuteronomio 19:21.
Talión proviene de la raíz latina talis (talionis) que quiere decir idéntico o semejante. También e xiste otra raíz latina, “talon”, con la que se llega a perpetrar -equivocadamente- que la ley del talión (“talon”) implica violencia física.
La ley del talión hoy día es mal representada como venganza; se piensa que ojo por ojo y diente por diente es tomar la justicia en tus manos. Pero esto no es lo que significa ojo por ojo y diente por diente en Las Escrituras. Ojo por ojo y diente por diente es una expresión de justicia medida, una retribución equivalente al daño. Si una persona le roba una manzana, usted no le puede pedir un ojo como pago retributivo, eso sería desmedido.
La estela de Hammurabi
Lo desmedido en el código pagano
En el mundo pagano, la venganza o “justicia” en tus propias manos era común. Pero otra cosa era común para el paganismo: que la paga por el delito estuviese en desproporción con el delito. Véase este ejemplo directo del código de Hammurabi:
Ley 25: Si se incendió la casa de uno, y otro que fue para extinguirlo se apodera de algún bien del dueño de la casa, será arrojado en el mismo fuego.
Código de Hammurabi
En el código de Hammurabi, la ley del talión no era de ojo por ojo para las estratas bajas de la sociedad. Veamos uno de los ejemplos:
Ley 200: Si un hombre libre arrancó un diente a otro hombre libre, su igual, se le arrancará su diente.
Ley 201: Si arrancó el diente de un muskenun, pagará un tercio de mina de plata.
Ley 202: Si uno abofeteó a otro hombre libre superior a él, recibirá en público 60 golpes de látigo de nervio de buey.
Ley 203: Si un hijo de hombre libre abofeteó un hijo de hom- bre libre, su igual, pagará una mina de plata.
Ley 204: Si un muskenun abofeteó a un muskenun, pagará 10 siclos de plata.
Ley 205: Si el esclavo de un hombre libre abofeteó un hijo de hombre libre, se cortará su oreja.
Código de Hammurabi
Quien conozca la Ley del Señor en el pentateuco podrá contrastar rápidamente y darse cuenta que hay elementos muy importantes que faltan en este Código de Hammurabi y que la Ley de Dios sí tiene. Y es que, en la Palabra-Ley de Dios, no se puede hacer acepción de personas (Hechos 10:34, Romanos 2:11, Gálatas 2:6, Efesios 6:9). Veamos esto en la Ley de Moisés. En Deuteronomio 10:17 dice:
Porque el SEÑOR vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni acepta soborno.
Levitico 19:15 dice:
No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo.
Estos pasajes citados deben ser suficientes como para que ninguna persona se le ocurra pensar que el Codigo de Hammurabi y la Ley Mosaica tienen la misma forma de comprender la ley del talión.
En otra entrada estaremos viendo comparaciones directas del codigo de Hammurabi frente a la Ley Mosaica. Usaremos algunos ejemplos para aplicar lo dicho aquí en este articulo, nunca olvidando que el problema del hombre en no reconocer a Dios, o el negar la exclusividad de Su Ley, radica en su corazon, el que defiende presuposiciones que sostienen su ídolo.
No nos engañamos, sabemos que la evidencia interna es clarísima. Sabemos que el problema no es falta de evidencias (Romanos 1:18-25).
«no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.»
Hebreos 10:25
Por: William García
La verdad es la primera víctima cuando se distorsiona el significado de las palabras. Al distorsionar el significado de la palabra congregación de Hebreos 10:25 la verdad ha sufrido en cuanto al mandato de reunirse para lo bueno. Cuando el Señor Jesucristo dijo haber venido a liberar a los cautivos (Lucas 4:18) nunca pretendió liberarlos para ponerlos bajo la cadena de ninguna institución, incluida la iglesia, o mejor, bajo la cadena de los oligarcas de la iglesia. Hebreos 10:25 es un texto que se ha utilizado como azote para golpear a los cristianos y arrearlos hacia las reuniones que supuestamente son de obligatoria asistencia, obligación diseñada no por las Escrituras sino por la oficialidad eclesiástica.
La obligatoriedad bíblica de congregarse no está enfocada en el hecho de llevar a cabo una reunión como tal, como si el simple acto de juntarse ya constituyera el cumplimiento del mandato de las Escrituras, sino que la razón para la congregación es por un lado la implicación escatológica: «y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca» Y por otro lado la implicación ética: «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras» (Vs.24).
¿Por qué Hebreos 10:25 se ha utilizado para imponer un mandamiento inexistente? Porque se ha manipulado el significado de la palabra «congregarse.» despojándosele de sus consideraciónes escatológica y ética presentes en el texto. La palabra «congregarse» se ha convertido en la justificación de una reunión de carácter oficial con énfasis en lo colectivo y en lo ritual. El peligro de esta manipulación es que cuando a la religión se le despoja de su carácter ético y personal para darle preeminencia a lo ritual y colectivo, entonces lo mágico y supersticioso, bajo la dirección de una tiranía burocrática, se convierte en lo sobresaliente. Ese es el germen de las sectas y de las tiranías.
En Hebreos 10:25 el significado simple de la palabra traducida como «congregarse» (episynagoges) es, reunirse con algún propósito. En este caso los propósitos son escatológicos y éticos. También los versículos previos dan cuenta de estos propósitos: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras» (Hebreos 10:23-24).
Ahora bien, lo que nos importa realmente es el significado teológico de la palabra «congregarse» episynagoges, de Hebreos 10:25. ¿Por qué razón el escritor de Hebreos manda que no dejemos de congregarnos? ¿Qué quiere decir con eso de «congregarnos.»‘? Esta palabra solo se encuentra 2 veces en las Escrituras, la primera en 2 Tesalonicenses 2:2 y la segunda en Hebreos 10:25. También, la versión griega de la Septuaginta usa una vez esta misma palabra griega en los deuterocanónicos, en 2 Macabeos 2:7. Los textos de estos pasajes son los siguientes:
«Pero con respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca.”
(2 Tesalonicenses 2:1-2)
«no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.»
(Hebreos 10:25)
«Jeremías, al saber esto, los reprendió diciéndoles: «Ese lugar debe quedar desconocido hasta que Dios tenga compasión de su pueblo y vuelva a reunirlo. Entonces el Señor hará conocer nuevamente esos objetos; y aparecerán la gloria del Señor y la nube, como aparecieron en tiempos de Moisés y cuando Salomón pidió al Señor que el templo fuera gloriosamente consagrado.»
(2 Macabeos 2:7-8)
Por supuesto, al texto de 2 Macabeos 2:7-8 no le podemos dar un carácter infalible pues no lo consideramos canónico, la razón de que no sea canónico no es tema de este artículo; pero lo que sí debemos notar en este caso es que el escritor de 2 Macabeos usa episynagoges para referirse al mismo evento de carácter escatológico al que se refiere Pablo en 2 Tesalonicenses y en Hebreos, asumiendo que Pablo escribió esta última carta. El evento presente en los tres pasajes es el cumplimiento escatológico de la venida de Cristo, el congregarse entonces, cumple el propósito de estar ocupados haciendo la voluntad del Señor en el momento de Su venida. Si se observa bien estos textos, en los tres hay un común denominador escatológico. Más específicamente, los tres textos se refieren al cumplimiento de los tiempos. Es decir, la razón o propósito del acto de episynagoges (congregarse) está relacionado con el cumplimiento de una meta escatológica.
En 2 Tesalonicenses 2:1-2, aunque el énfasis es la congregación de los santos con Cristo en Su venida, esto, según Hebreos 10:25, implica que cuando Cristo viene a congregar con Él a los santos, los encuentra reunidos haciendo lo bueno. En Hebreos 10:25 se expone la razón por la cual los santos se congregan, esta es que «aquel día se acerca» por lo tanto, el autor de Hebreos quiso decir, que porque viene aquel día, los santos debían estar congregados. Y en 2 Macabeos 2:7 el pueblo es episynagoges (reunido) antes de que el Señor se aparezca en la nube.
Por lo tanto, la palabra episynagoges (congregarse) no tiene un énfasis enfocado en la reunión o asamblea oficial, semanal o ritual, sino que su enfoque es escatológico, episynagoges (congregarse), y ético.
Episynagoges (congregarse) hace énfasis en la actividad en comunidad para lo bueno, para lo justo, para lo santo, por cuanto viene el cumplimiento profético del evento de los juicios de Cristo sobre la tierra. Por lo tanto, el mandato de episynagoges (congregarse) implica reunirse para llevar a cabo las buenas obras que el Señor mandó para que los creyentes estuvieran ocupados haciendo Su voluntad mientras que Él sentado en Su trono de justicia reina poniendo a Sus enemigos bajo sus pies:
“Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.» (Mateo 24:46, Lucas 12:43)
«Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles.» (Lucas 12:37)
«Concédale el Señor que halle misericordia cerca del Señor en aquel día. Y cuánto nos ayudó en Efeso, tú lo sabes mejor.» (2 Timoteo 1:18)
Este énfasis de episynagoges (congregarse) para hacer las buenas obras de la ley de Dios ya está presente en el libro de los Salmos, este acto de congregarse entonces no es una reunión enfocada en la liturgia, y oficialidad de la reunión, sino que se enfoca en las buenas obras según el carácter moral santo del pacto de Dios con Sus hijos, por lo cual los llama rectos:
“Alabaré a Jehová con todo el corazón En la compañía y congregación de los rectos. Grandes son las obras de Jehová, Buscadas de todos los que las quieren.»
Salmo 111:1-2
En el Salmo 111 David declara, que en compañía y congregado con los rectos «busca» o procura ocuparse en las «grandes obras de Jehová.» Claramente David, quien habla de una congregación, no se refiere a las «grandes obras» como las de una reunión de carácter ritual y temporal propia del tabernáculo o del templo hecho con mano humana y según el establecimiento del pacto antiguo, sino que se refiere más bien a la justicia del nuevo pacto, esto es lo que él llama «su justicia (que) permanece para siempre» Vs.3. El libro de Hebreos enseña precisamente la desaparición del sistema ceremonial anquilosado del templo, de las cosas movibles para que permanezcan las inconmovibles, y con agradecimiento mediate lo inconmovible sirvamos y agrademos a Dios (Hebreos 12:27-28). Tales obras que en virtud del nuevo pacto se practican con perseverancia fiel en la congregación de los santos son obras de:
Producción, provisión y asistencia alimenticia «Ha dado alimento a los que le temen» (Vs. 5a)
«clemencia y de misericordia» Lo cual incluye proveer servicios de salud y prevención de enfermedades, la asistencia compasiva a las viudas, huérfanos, extranjeros y a todo tipo de desamparados, etc. (Vs.4)
Procura de las buenas obras como manifestación del poder del evangelio, especialmente para con los de su propia casa y para con los de la familia de la fe: «El poder de sus obras manifestó a su pueblo» (Vs.6a)
Perseverancia fiel en el cumplimiento de Su pacto: «Para siempre se acordará de su pacto» (Vs. 5b)
Procurar conquistar culturalmente las naciones mediante la enseñanza de Jesucristo, esto es nada menos que el discipulado o evangelización de las naciones «Dándole la heredad de las naciones» (Vs.6b)
Práctica de las buenas, verdaderas y rectas obras de Dios, las cuales no son otras que el cumplimiento fiel de todos los mandamientos de Su ley o la santificación efectuada por el poder del Espíritu Santo: «Las obras de sus manos son verdad y juicio; fieles son todos sus mandamientos. Afirmados eternamente y para siempre, hechos en verdad y en rectitud.» (Vs. 7-8)
Procura la libertad (redención) en todo orden. La libertad en todo orden incluye vivir libre de deudas, la denuncia del abuso de autoridad, denuncia de las tiranías y del abuso tanto en instituciones privadas como en el gobierno civil, etc: «Redención ha enviado a su pueblo» (Vs. 9a)
Procura la disciplina, la santidad, y el temor a Dios. Aplica con equidad los castigos justos estipulados en las Escrituras, para las faltas morales estipuladas en las Escrituras, por medio de las autoridades legítimas estipuladas en las Escrituras. «Para siempre ha ordenado su pacto; Santo y temible es su nombre.» (Vs. 9B)
Procura la sabiduría, el temor y la adoración al Señor, las cuales consisten en enseñar y practicar todos los mandamientos de Dios. La sabiduría consiste en el temor al Señor lo cual se manifesta amándolo con todo el corazón, mente, alma y fuerza. Por lo tanto la congregación para buenas obras incluye cultivar la mente con el estudio de todo el orden de la creación y enseñar todo lo que es útil. La educación entonces es un aspecto fundamental de la congregación cristiana: «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos; Su loor permanece para siempre.» (Vs. 10)
En cuanto a las grandes obras de Jehová referidas en el Salmo 111, el Apóstol Pablo dice que Dios las preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Efesios 2:10). La simple reunión a las convocatorias oficiales eclesiásticas, cuyo énfasis está puesto en el cumplimiento ritual de los sacramentos, en escuchar un sermón y en la entonación de unas melodías, no son el cumplimiento de las grandes obras, de la buenas obras diseñadas de antemano para que andemos en ellas, no son la razón eminente para la congregación de los santos.
De manera que la obligatoriedad bíblica de episynagoges (congregarse) no es el llamado a asistir a las reuniones «oficiales» diseñadas por la «oficiliadad» eclesiástica. Sino que la obligatoriedad de congregarse, es el mandato de cumplir con los mandamientos de la ley de nuestro Señor y participar en comunidad en el cumplimiento de los mandamientos, y en el dominio del Reino de Jesucristo sobre el mundo. Limitar el acto de congregarse a una reunión destacadamente ritual-litúrgica atrofia el cumplimiento ético del pacto y estanca la razón escatológica en la venida de Cristo y del nuevo pacto, es decir, hace que el acto de congregarse sea reducido a una reunión estéril.
Por lo tanto, no se puede usar el concepto «episynagoges (congregarse)» para obligar a la asistencia de reuniones que no cumplen con los objetivos del pacto ético de las Escrituras. Tampoco es lícito castigar o menospreciar a las personas porque no pertenecen, asisten, o aportan regularmente a una asamblea o reunión litúrgica, sin caer en la manipulación del lenguaje y en el sectarismo más tiránico, inútil, rancio y despreciable.
Se cuenta de un joven emperador chino que al pasear por el campo y ver un rebaño de ovejas pastando le pregunta a su maestro ¿Qué tipo de perros son esos? Su maestro, temiendo por su vida si se atrevía a contradecirlo le respondió, esos perros, majestad, son una clase que denominan ovejas.
El dominio del Cristianismo bíblico sobre el mundo incluye la obra de enseñar el verdadero significado de los conceptos. El Cristianismo por antonomasia es la fe de la Palabra, y las palabras son verdaderas si sostienen el verdadero significado de sus conceptos. Cuando la Cristiandad es negligente dando y enseñando el verdadero concepto bíblico de las palabras, la cultura entra en decadencia. No es coincidencia que la declinación de la influencia del cristianismo en Estados Unidos coincide con el uso de la palabra “liberalismo,” en ese país, para referirse al socialismo; un completo absurdo semántico.
¿Qué quiere decir ser Liberal o Libertario? Si somos bíblicos, por cuanto la libertad no se alcanza sino por la conversión que trae el evangelio y por la santidad sobre el único estándar de la ley Bíblica; un libertario, un liberal (alguien que verdaderamente propende por la libertad) es única y verdaderamente un teonomista. Son las Escrituras las llamadas a definir lo que es el liberalismo, el libertarismo o cualquier otra cosa. Decir, por tanto, que propender por la ausencia de moral Cristiana es una política “libertaria” o que apoyar la existencia de un estado con poderes ejecutivos es una política “liberal”, no es más que un oximorón, es hablar sin-sentidos. El problema de traer el significado de las palabras del convencionalismo o de los cabellos del academicismo y no de las Escrituras, es llamar las cosas por el nombre que Dios no les da.
Parte sustancial del reconstruccionismo de las sociedades, de la evangelización, del discipulado de las naciones, es enseñarle al mundo el verdadero significado de los conceptos. Por ello las primeras obras enciclopedistas son obras de la Cristiandad (Isidoro de Sevilla.) Los cristianos son llamados a darle el significado correcto a las palabras. El apóstol Juan por ejempló tomó una palabra usada por los filósofos griegos (Logos) y la despojó del uso filosófico que por ejemplo le daba Heráclito (principio regulador despersonalizado del universo [razón]) para darle el significado correcto y justo (la Persona Divina Encarnada [el Verbo]). Igualmente, bajo Moisés, ley no es definida por el decreto del poder humano, sino solamente como la legislacion Divina. Bajo San Pablo, amor es el cumplimiento de los mandamientos. Bajo Isaías, paz es el cuplimiento de la justicia. Bajo David, justicia es el cumplimiento de la ley de Dios. Bajo Salomón sabiduría es el temor a Dios. Bajo Pablo, libertad es la acción redentora y santificadora del Espíritu Santo… En fin, de esa manera, libertad, gobierno, justicia, economía, sabiduría, filosofía, historia, ley…, etc, son definidas por las Escrituras. Como por ejemplo, concebir que el gobierno de Dios (teocracia) puede ser definido como el orden bajo un cuerpo oficial de sacerdotes humanistas en el poder, es una completa contradicción.
La libertad es una realidad que solamente puede surgir de la conversión, de la obediencia a la ley de Cristo. El libertarismo no es definido por las obras de Rothbard, Arendt, ni mucho menos por las acciones terroristas de Bakunin. Los “liberales” acusan a los “libertarios” de aborrecedores de la moral, porque al decir libertarismo inmediatamente piensan en el saboteador de las fábricas. Tales “liberales” cometen el mismo error de quienes al oir “celo cristiano” piensan en el inquisidor Torquemada. O el error de quines al escuchar filosofía cristiana piensan en Tomás de Aquino. Liberalismo, no es definido por el escolasticismo naturalista de Locke, ni libertarismo es definido por Hayek, sino que liberalismo-libertarianismo es definido por Moisés, quien liberó a la iglesia de la Esclavitud y dio la ley para seguir viviendo en esa libertad.
El Cristiano bíblico sigue “un culto racional (lógicos)“ ese culto racional es no “conformarse a este mundo sino que comprueba la voluntad de Dios.” Juan desafió a Heráclito, a los académicos de sus días, al devolverle a la palabra Logos el significado correcto. Por lo tanto, el cristiano que persigue el Reino de Dios y su justicia no se contenta con lo que los facultativos humanistas definen como “liberal-libertario,” sino que el liberal-libertario a los ojos de Cristo es un amante de la libertad, la cual es el orden de redención del pecado y de sus consecuencias culturales, alcanzada bajo la soberanía de Cristo. Para las Escrituras, la libertad es un orden santo promovido y establecido por el Espíritu Santo. En ese sentido el libertario o liberal es un guiado por el Espíritu Santo.
En nuestros días «tan ajetreados» hablar de la ley evoca en nuestras mentes una imagen de libros llenos de códigos complejos que solo pueden interpretar abogados, ya que ellos están escritos en un lenguaje de abogados y no nosotros no somos abogados. Esta imagen es muy común, puesto que hemos convertido el concepto del ley en un concepto que apunta a lo que los políticos redactan en un escrito luego de deliberar entre ellos llevando a votaciones «proyectos de ley». Estos luego pasan por las manos de unos burócratas «expertos» (juristas) que intentan darle forma legal y que en lo posible no contradigan el ordenamiento jurídico imperante.
Todos estos procedimientos «democráticos» no son otra cosa sino una prostitución del término «ley». Antes de la existencia del estado moderno, las leyes no eran obra de hombres (exceptuando las tiranías, claro). Siempre se vieron como reveladas por los dioses en el caso de las naciones paganas, y como reveladas por Dios nuestro Señor en el caso de las naciones judeocristianas.
La ley así, no era una cosa de factura humana, así como cuando los fundadores de un equipo de futbol se reúnen a decidir de qué color será la vestimenta de de su equipo. No, la ley era vista como algo trascendente a los seres humanos y que estaba sobre ellos, gobernándolos y juzgándolos. Era literalmente, la palabra de los dioses o de Dios mismo, y por tanto, la dignidad de la ley era tan alta como la dignidad de los dioses o de Dios.
En el caso de los pueblos paganos, siempre se buscó un canal que uniera al pueblo con los dioses. Una persona que poseyera de forma exclusiva la «inmanencia» de la divinidad. Con inmanencia nos referimos a la cercanía de los dioses y su interacción con el mundo. Esta inmanencia tenía un canal, y ese canal siempre fueron los reyes, ya sean que se llamasen faraones, césares, príncipes o lo que fuera. La fe de esos pueblos era que el canal que conectaba al pueblo con la divinidad era la persona del rey. Y el orden cósmico era establecido a través de la palabra del rey que era la portadora de la gloria de la divinidad. Por lo que el rey era visto como hijo de los dioses y con una dignidad divina.
Desde este punto de vista, los pueblos paganos identificaban la ley con la palabra del rey. Puesto que el rey poseía la gloria (la divinidad) siendo un canal entre los dioses y los hombres, como sumo sacerdote, su palabra era identificada con la ley. Por esto es que los pueblos paganos siempre adoraron a sus reyes, porque identificaban en ellos, el canal en que los dioses se comunicaban con el mundo. Para más información sobre este tema, recomiendo leer el libro de Henri Frankfort «Reyes y Dioses: estudio de la religión del Oriente próximo». Pueden encontrarlos fácilmente en pdf internet.
Ahora, el punto de vista bíblico sobre este asunto tiene una diferencia radical con el anterior. Si bien, se establece que la ley es una revelación de la divinidad, esta no es controlada o monopolizada por ninguna institución o rey. La ley viene dada directamente de la Divinidad al individuo. Jesucristo es el único canal entre Dios y los hombres «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Tim. 2:5). Y nuestro Señor nos ha dejado Su palabra escrita en la Santa Biblia.
La ley en un sentido amplio, desde una cosmovisión bíblica, es la palabra misma de nuestro Dios. Toda la Biblia es ley para el hombre, porque ella es un tratado de ley y pacto para el hombre. Y al ser Cristo el único mediador entre Dios y los hombres, no hay otro canal con el cual Dios nos revele su voluntad sino Su propio Verbo (Cristo) a través de Su Santa Palabra.
Las diferencias así son tremendas respecto al mundo pagano, puesto que la ley no es controlada o entregada por ningún ser humano o institución, sino que es directamente entregada por Dios al individuo, siendo la ley de Dios como Él mismo es: eterna, inmutable, perfecta, justa, santa y buena (Rom. 7:12). Y esa ley es entregada directamente al individuo para su propio gobierno y juicio. Para esto, el Señor Jesucristo ha enviado al Espíritu Santo, que nos lleva a toda verdad (Jn. 16:13). Todo el proceso alrededor de la ley es un proceso trascendente e inmanente (Dios obrando en nosotros de forma providencial y sobrenatural). Los reyes, si es que los hay (porque en la visión bíblica el rey humano es innecesario, véase 1 Sam. 8-12) son simples diáconos (servidores), jueces que deben aplicar la ley de Dios. No son ni divinos ni puentes entre Dios y los hombres.
Así, la ley es verdaderamente divina; una revelación de la divinidad. Por tanto, es de esperar que la ley posea la misma naturaleza de la Divinidad; esto es, perfecta, justa, inmutable, eterna, santa, buena, etc. El mismo rey David entendía muy bien esto,
7La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. 8Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. 9El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Jehová son verdad, todos justos. 10Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal. 11Tu siervo es además amonestado con ellos; En guardarlos hay grande galardón. (Salmo 19).
Así, la ley no puede ser manipulada, manoseada, discutida, «aprobada» por nadie. La ley es la palabra de Dios, que es nuestro Soberano.
¿Ahora puede comprender porqué digo que la palabra “ley” ha sido prostituida por el actual estado de las cosas? La ley ahora es a imagen del hombre, mutable, imperfecta, injusta, impía, mala, efímera, corrupta. Y esto por un principio dado por nuestro Señor: El árbol malo da frutos malos; el arbol bueno da frutos buenos. No puedes esperar que el árbol malo de frutos buenos. No podemos esperar que un grupo de hombres que se proclaman independientes de Dios, soberanos, con poder de legislar, nos entreguen algo semejante a la preciosa, santa, justa, perfecta y eterna ley de Dios. Solo nos darán injusticia, robo, mentira, tiranía, y cualquier cosa que pueda salir de un corazón corrompido como es el de todo hombre que se coloca en el lugar de Dios.
Capítulo 1 de Institución de la Ley Bíblica, tomo 3 Autor R. J. Rushdoony Traductor: Youseff Derikha
Según el cómputo rabínico, la Torá tiene 613 leyes. Según el recuento cristiano, el número es algo menor porque el antiguo recuento rabínico a veces divide una misma declaración en más de una ley. Cualquiera que sea el enfoque que se utilice para contar las leyes, sobresale un hecho muy significativo.
El propósito de Dios es que toda la sociedad, y todos los hombres y naciones, se rijan por Su ley. Ahora bien, las leyes de cualquier estado o nación particular en nuestro orden mundial actual no pueden ser comprendidas en 613 grandes libros de leyes, y mucho menos en 613 leyes. Obviamente, Dios no pretende que las leyes de una nación cubran todas las cosas, ni que gobiernen todas las cosas.
Los hombres se oponen a la ley de Dios porque legisla contra el pecado. Prefieren un orden que permita el pecado y prohíba la libertad. Ven la ley de Dios como una tiranía porque es un control sobre el pecado mientras que ellos prefieren controles sobre la libertad y una licencia para pecar. Asistimos a lo que el juez Harold J. Rothwax ha llamado un «afecto por el formalismo… que apuñala el corazón de nuestros valores morales más preciados».[1]
Las palabras justicia y rectitud son en la Biblia una misma cosa. En la práctica, hoy en día, hay poca relación entre ellas. Tal separación significa la muerte de una cultura.
Hay otro aspecto importante de la ley de Dios, de la ley bíblica. A un abogado o juez moderno le puede parecer que 613 leyes son muy pocas. La verdad es aún más radical. Como veremos, de las 613 leyes, muchas no son ejecutables por el hombre, sino sólo por Dios. Esto significa que las jurisdicciones de la iglesia y el estado son muy limitadas. Tenemos aquí un libertarismo piadoso que limita severamente los poderes de todas las agencias humanas. La ley bíblica parece opresiva sólo para aquellos que quieren libertad para pecar. Las leyes de Dios tienen como propósito nuestro bien. En Deuteronomio 10:13, Dios nos ordena a través de Moisés
“y que guardes los mandamientos del SEÑOR y sus estatutos que yo te ordeno hoy para tu bien”
No dice mucho del carácter de los pastores que ven la salvación como la libertad de cumplir la ley. Por medio de Jesucristo, somos liberados de la condenación de la ley, de su pena de muerte, para poder vivir dentro de la ley, ahora escrita en las tablas de nuestros corazones (Ezequiel 36:25-28; Jeremías 31:33-34).
Dios entregó Su ley a través de Moisés al pueblo de Israel, en primer lugar, y no a sus instituciones excepto en segundo lugar. Son las personas las que deben cumplir la ley. Puesto que es para nuestro bien, la ley de Dios es para nosotros «la ley perfecta de la libertad» (Stg. 1:25). Si descuidamos esa ley, descuidamos nuestra libertad y caeremos en la esclavitud del estado y de la iglesia.
Los hombres culpables no son hombres libres. En nuestra época, someter a las personas a un » sentimiento de culpa » se ha convertido en algo habitual y en una forma de esclavitud. Somos culpables si violamos la ley de Dios, pero no se nos puede obligar en conciencia a obedecer la ley del hombre. Es conveniente que a menudo obedezcamos las leyes hechas por el hombre porque no estamos llamados a cambiar el mundo mediante la ilegalidad y la revolución, sino a través de Jesucristo. La regeneración, no la revolución, debe ser nuestro camino.
Debemos reconocer que como cristianos para nosotros el primer y más básico gobierno es el autogobierno del hombre cristiano. Sin esto, tenemos naciones de esclavos. Luego, en segundo lugar, la institución gubernamental básica es la familia, la primera esfera de gobierno del hombre, su primera iglesia y escuela, su primera área de conocimiento económico, y así sucesivamente. Tercero, la iglesia es un gobierno; cuarto, también lo es la escuela. Quinto, nuestra vocación nos gobierna, y, sexto, también lo hace la sociedad en la que vivimos, sus asociaciones privadas y públicas, etc. En séptimo lugar, el gobierno civil, el estado, un gobierno entre muchos, también nos gobierna.
La ley de Dios nos provee de Su ley para cada esfera. Sólo ella puede dotarnos para resistir la invasión de poderes ajenos. Sólo ella capacita a la persona individual y a la familia para gobernar adecuadamente.
No podemos esperar que nuestras iglesias y estados actuales sean favorables a la ley de Dios, porque ésta les niega los poderes que reclaman y utilizan.
Ahora hay un gran cambio gubernamental en marcha. Con los movimientos de las escuelas cristianas y de la educación en el hogar en marcha, vemos que cada vez más familias recuperan una esfera de gobierno frente al estado. Esto representa un gran movimiento contra las fuerzas de la Ilustración y el estatismo.
También se reconoce cada vez más que la fuente del derecho es el dios de un pueblo o país, y el estado moderno es el dios de la era moderna. La soberanía pertenece a Dios y, por tanto, Él es la única fuente válida del derecho. La primera edición de la Enciclopedia Británica (1771, vol. 2, p. 862) comenzó su estudio de la ley definiéndola como «El mandato del poder soberano, que contiene una regla de vida común para los súbditos». La ley que reconocemos como nuestra verdadera ley es nuestro dios y soberano. Demasiados pastores, al negar la validez de la ley de Dios, reconocen con ello que adoran a un dios falso, y lo hacen descaradamente. Dicen en efecto con Faraón: «¿Quién es Jehová, para que yo obedezca su voz?» (Ex. 5:2). Obedecer a Dios significa obedecer Su ley, Sus mandamientos.
W. A. Whitehouse dijo de las palabras obedecer y obediencia que en el hebreo es oír. Simplemente nos dice que oír a Dios es obedecerle. Esto también es cierto de la palabra griega traducida como obedecer. El contraste de oír y obedecer es revuelta o desobediencia. La palabra se usa en forma de pacto. La respuesta al pacto de gracia y ley de Dios es propiamente escuchar y obedecer.[2]
Puesto que la ley es para nuestro bien, es una comunicación personal de Dios a Israel, a un mundo caído, y a la iglesia y las naciones. No hay nada personal en una ley del Congreso, del Parlamento o de cualquier organismo similar. Por el contrario, es estrictamente impersonal y técnica; se presta a ser meticulosa y a ser mal utilizada. La ley de Dios es la palabra personal para nuestro bien, del Dios totalmente personal. A veces se nos dice, en una frase reveladora, que un delito denunciado a un organismo del estado pone en marcha la maquinaria de la ley. Esto expresa el funcionamiento frío e impersonal de la ley del hombre, o del estado. No es así con Dios. La Biblia habla de la ira de Dios; ¡nada podría ser menos impersonal! El pecado es una ofensa totalmente personal contra un Dios totalmente personal. Muchas personas simplemente malinterpretan la Biblia y tratan de dar un significado menos personal a muchas expresiones, y esto deforma su significado. Por ejemplo, Dios, en Números 12:14, rechaza el intento de Moisés de despersonalizar la ofensa y el castigo de Miriam, subrayando la ofensa personal de Miriam y su pecado, diciendo,
14Respondió Jehová a Moisés: Pues si su padre hubiera escupido en su rostro, ¿no se avergonzaría por siete días? Sea echada fuera del campamento por siete días, y después volverá a la congregación.
Despersonalizar a Dios es también despersonalizarnos a nosotros mismos.
Si, como la Escritura deja claro, hemos de vivir según lo que, como mucho, puede llamarse 613 leyes, entonces no podemos tener un estado-poder ni una iglesia-poder, porque su esfera de relevancia se limita a unas pocas de esas 613 leyes. Significa también que aquellas leyes de las 613 que no están reservadas por Dios a Su propia ejecución, o que son dadas al estado y a la iglesia, son puestas en manos de los individuos y las familias. El cristiano debe ser, pues, un hombre de la gracia y un hombre de la ley: debe manifestar ambas cosas y convertirse en su manifestación andante.
La gracia en el Antiguo Testamento es «la benevolencia y la gracia en general, esto es, cuando no hay ningún vínculo o relación particular entre las personas implicadas. Además, es mostrada por un superior a un inferior, y no hay obligación por parte del superior de mostrar esta bondad». Este significado está muy desarrollado en el Nuevo Testamento.[3]
La gracia y la ley son un pacto. El pacto de Dios es un pacto de gracia porque para Él entrar en un pacto o tratado con el hombre es un acto de gracia del superior hacia el inferior. Al mismo tiempo, un pacto es un tratado de ley por el que, en este caso, el mayor le dice al menor cómo debe vivir bajo su cuidado y protección. Rechazar la ley de Dios es rechazar su gracia por la que nos da su ley para nuestro bien. Rechazar o romper el pacto de Dios es invitar y estar bajo su juicio, y eso es lo que hemos hecho.
La gracia y la ley son un pacto. El pacto de Dios es un pacto de gracia porque para Él entrar en un pacto o tratado con el hombre es un acto de gracia del superior hacia el inferior. Al mismo tiempo, un pacto es un tratado de ley por el que, en este caso, el mayor le dice al menor cómo debe vivir bajo su cuidado y protección. Rechazar la ley de Dios es rechazar su gracia por la que nos da su ley para nuestro bien. Rechazar o romper el pacto de Dios es invitar y estar bajo su juicio, y esto lo hemos hecho.
El juicio es tanto pactual como personal. Dios es una persona; Su ley es personal, y también lo es Su juicio. Desde la Ilustración, los hombres han despersonalizado constantemente sus vidas, el mundo y el universo. La física de Sir Isaac Newton fue aclamada como un triunfo, y Newton como un hombre incomparablemente grande, porque despersonalizó el universo. Para muchos deístas, Newton también despersonalizó, en efecto, a cualquier dios que pudiera existir. En el mejor de los casos era el Gran Mecánico.
Desde entonces, hemos despersonalizado toda la vida, incluido al estado. Esto fue más fácil de hacer una vez que se eliminaron los reyes y se sustituyeron por la mecánica del estado en forma de un método de gobierno, no malo en sí mismo, pero mortal en el contexto de la despersonalización cultural.
Podemos conocer a las personas, pero ¿podemos conocer 613 o 60.013 libros de leyes? Podemos conocer a Dios, que no cambia (Mal. 3:6), pero ¿podemos conocer al estado, cuyas leyes o carácter cambian constantemente?
¿Y qué es la ley, si cambia constantemente a voluntad de los hombres? Si una ley del Congreso puede redefinir el bien y el mal, o si los tribunales pueden legalizar el aborto, la homosexualidad y la eutanasia, ¿por qué no la violación y el asesinato? Si el estado define la moral, ¿Qué pasa con el bien y el mal, o con la verdad?
Estamos en las últimas etapas de la creciente decadencia y colapso de la ley estatista. Es hora de reconsiderar la ley de Dios. Nuestra libertad depende de ella.
[1] Harold J. Rothwax, Guilty, The Collapse of Criminal Justice (New York, N.Y.:Random House, 1996), p. 99
[2] W.A. Whitehouse, “Obey, Obedience,” Alan Richardson, editor, A Theological Word Book of the Bible (New York, N.Y.: Macmillan (1950) 1960), p. 160.
[3] N.H. Smith, “Grace,” in Alan Richardson, ibid., p. 100f.